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Solitaria soledad

La señorita Solitaria gozaba sus paseos diurnos, las visitas a nuevos lugares y contemplar reflexivamente los detalles de la Ciudad como si fuera turista. Ignoremos que nunca ha salido del país.

Solitaria anda entre conciertos, cafeterías y calles atisbadas. “No necesita a nadie” se repite en tercera persona, lo exclama con firmeza y fervor, casi como una suplica al destino, destino que ella moldeó con decisiones impulsivas, corazones lastimados y exceso de fiesta cuando algo le emocionaba.

La realidad, mejor dicho, su realidad, es que su soledad era respuesta y escudo. Profunda e inmensamente le asustaba el abandono, el rechazo de sus seres amados. Tenía explicación psicológica, en su infancia, la relación con sus padre; sola ella estaba segura, al menos la idea del falso control la aliviaba.

La señorita solitaria, en su corazón, deseaba compañía. Quería platicar con alguien sobre sus logros y sus miedos, sobre sus chistes y descubrimientos, sobre filosofía, sociología, política y chismes. De todo, música; artes, libros. La idea de poder compartir con los demás sus lugares favoritos y conocer nuevos espacios generaba en su alma optimismo.

Sin embargo, al llegar el momento, las heridas se abrían. Inmerecido amor, pensaba. Mucho le costaba creerse digna del amor, se asustaba y huía.

La señorita solitaria fue vista a las 3:15 pm en un café de la colonia Condesa, leía, escribía en su computadora y tomaba dos lattes helados; algunos aseguran sonreía ante la historia que no era.

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